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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
FELIZ FIN DE SEMANA PARA TOD@S ![]()
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Hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida." |
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#1532 |
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Amig@s .......
Aqui os dejo esta historia: Manchas De Sangre En El Suelo Agatha Christie Estos relatos son contados por los miembros del Club de los Martes que se reúnen cada semana. En la cual cada uno de los miembros y por turno expone un problema o algún misterio que cada uno conozca personalmente y del que, desde luego sepa la solución. Para así el resto del grupo poder dar con la solución del problema o misterio. El grupo esta formado por seis personas: Miss Marple, Mujer ya mayor pero especialista en resolver cualquier tipo de misterio. Raymond West: Sobrino de Miss Marple y escritor. Sir Henry Clithering:Hombre de mundo y comisionado de Scotland Yard. Doctor Pender: Anciano clérigo de parroquia Mr. Petherick:Notable abogado Joyce Lempriére:Joven artista Es curioso —comenzó a decir Joyce Lemprière—, pero casi me siento inclinada a no contarles mi historia. Sucedió hace mucho tiempo, hace cinco años, para ser exacta, y desde entonces me tiene obsesionada. Tanto su lado brillante, alegre y superficial, como el horror que se escondía en el fondo. Y lo curioso del caso es que el cuadro que pinté entonces está impregnado de la misma atmósfera. Cuando se mira por primera vez, parece sólo el simple boceto de una callejuela de Cornualles bañada por la luz del sol. Pero al contemplarlo con más atención, se descubre en él algo siniestro. Nunca quise venderlo, pero nunca lo miro. Está en mi estudio, en un rincón y de cara a la pared. »El nombre del lugar es Rathole, un extraño pueblecito pesquero de Cornualles, muy pintoresco, tal vez demasiado pintoresco. En él se respira demasiado la atmósfera de una antigua sala de té de Cornualles. Tiene tiendas en las que muchachas de pelo a lo garçon pintan a mano leyendas sobre pergaminos. Es bonito y original, pero se lo creen demasiado. —No sé por qué será —dijo Raymond West con un gruñido—. Supongo que será debido a esa maldita invasión de autocares llenos de gente. Por estrechos que sean los caminos que llevan a ellos, ninguno de esos pintorescos pueblecitos se libra de ellos. Joyce asintió. —Los que conducen a Rathole son muy estrechos y empinados como una pared. Bien, sigo con mi historia. Yo había ido a Cornualles a pasar quince días dibujando- En Rathole existía una antigua posada, Las Armas de Polharwith, que se supone es la única casa que dejaron en pie los atacantes españoles cuando bombardearon ferozmente el lugar hacia el 1500 o algo por el estilo. —No lo bombardearon —replicó Raymond West con el entrecejo fruncido—. Procura no desvirtuar la historia, Joyce. —Bueno, sea como fuere, desembarcaron cañones a lo largo de toda la costa y con ellos destrozaron las casas. De todas maneras no es ésta la cuestión. La posada era un lugar maravilloso por su antigüedad, con una especie de porche sostenido por cuatro pilares. Conseguí un buen apunte y me disponía a trabajar de firme cuando un coche subió serpenteando por la colina. Por supuesto, fue a detenerse delante de la posada, en el lugar en que más me estorbaba. Se apearon sus ocupantes, un hombre y una mujer, en los que no me fijé gran cosa. Ella llevaba un vestido de lino malva y un sombrero del mismo color. »E1 hombre volvió a salir de nuevo y, para mi gran satisfacción, llevó el coche hasta el muelle y lo dejó aparcado allí. Al regresar a la posada tuvo que pasar junto a mí, en el preciso momento en que llegaba otro coche, del que se apeó una mujer vestida con el traje más llamativo que viera en mi vida. Creo que su estampado consistía en ponsetias rojas y llevaba uno de esos enormes sombreros de paja que utilizan los nativos, me parece que de Cuba ¿no es eso?, y que también era de un brillante rojo escarlata. »La mujer no se detuvo delante de la posada, sino que llevó su coche más abajo en el otro lado. Luego se apeó y el hombre le dijo asombrado: »—Carol, esto sí que es maravilloso. Qué casualidad encontrarte en este apartado rincón del mundo. Hace años que no te veía. Margery está aquí también, mi esposa, ya sabes. Debes venir a conocerla. »Subieron juntos la empinada calle en dirección a la posada y vi que la otra mujer acababa de salir a la puerta y se dirigía a ellos. Cuando pasaron ante mí, pude echar un vistazo a la mujer llamada Carol, lo suficiente para ver una barbilla muy empolvada y una boca muy roja, y me pregunté, sólo me pregunté, si Margery se alegraría mucho de conocerla. A Margery no la había visto de cerca, pero así de lejos me pareció muy formal, estirada y poco maquillada. »Bueno, desde luego no era asunto mío, pero a veces se ven pequeños retazos de la vida y no puedes evitar especular sobre ellos. Desde donde estaba podía oír fragmentos de su conversación. Hablaban de ir a bañarse. El marido, cuyo nombre al parecer era Denis, deseaba alquilar un bote y remar por la costa. Había allí una cueva famosa que merecía la pena ver a cosa de una milla de distancia, según dijo. Carol deseaba verla también, pero sugirió la idea de ir andando por los acantilados y verla desde la costa. Dijo que odiaba los botes. Al fin lo acordaron así. Carol iría andando por el camino del acantilado y se reuniría con ellos en la cueva, mientras Denis y Margery cogerían una barca y remarían hasta allí. »Al oírles hablar de bañarse me entraron ganas a mí también. Era una mañana muy calurosa y no adelantaba apenas mi trabajo. Además, imaginé que la luz de la tarde daría al lugar un efecto más atrayente, de modo que recogí mis bártulos y me dirigí a una pequeña playa que había descubierto, en dirección completamente opuesta a la cueva. Tomé un delicioso baño allí y comí lengua enlatada y dos tomates, volviendo por la tarde a continuar mi apunte llena de entusiasmo y confianza. »Todo Rathole parecía dormido. Había acertado al imaginar la luz del sol por la tarde: las sombras resultaban mucho más sugerentes, Las Armas de Polharwith eran el tema principal de mi apunte. Un rayo de sol caía oblicuamente sobre la tierra ante la posada y producía un efecto curioso. Supuse que los bañistas habrían regresado felizmente ya que dos trajes de baño, uno rojo y otro azul oscuro, estaban tendidos en el balcón, secándose al sol. »Había algo que no me salía bien en una de las esquinas de mi apunte y me incliné unos instantes para arreglarlo. Cuando volví a alzar la vista, había una figura apoyada en uno de los pilares de la posada que parecía haber aparecido por arte de magia. Vestía ropas de marinero y supuse que sería un pescador. Además, llevaba una larga barba negra y, si hubiera buscado un modelo para dibujar a un malvado capitán español, no lo hubiera podido encontrar mejor. Me puse a trabajar con entusiasmo antes de que se marchara, aunque a juzgar por su actitud, parecía dispuesto a sostener el pilar por toda la eternidad. »Sin embargo, al fin se movió. Afortunadamente, yo ya había obtenido lo que deseaba. Se acercó a mí y empezamos a charlar. ¡Cómo hablaba aquel hombre! »—Rathole es un lugar muy interesante —me dijo. «Yo ya lo sabía, pero, aunque se lo dije, eso no me salvó. Tuve que oír toda la historia del bombardeo, quiero decir de la destrucción del pueblo, y como el propietario de Las Armas de Polharwith murió en el mismo umbral de su puerta, atravesado por la espada de un capitán español, y que su sangre manchó el suelo y nadie consiguió limpiar la mancha durante cien años. «Todo aquello concordaba admirablemente con la lánguida pesadez de la tarde. La voz del hombre era muy suave y, no obstante, al mismo tiempo resultaba un tanto amenazadora. Sus modales eran obsequiosos, pero comprendí que en el fondo debía de ser un hombre cruel. Me hizo comprender el papel de la Inquisición y el horror de todas las cosas que habían hecho los españoles mejor de lo que nunca lo hubiera hecho. «Mientras me estuvo hablando, continué mi trabajo y de pronto me di cuenta de que, distraída escuchando su historia, había pintado algo que no estaba allí. Sobre el blanco suelo, en el lugar donde el sol caía ante la puerta de Las Armas de Polharwith, había pintado manchas de sangre. Parece extraordinario que el subconsciente pudiera jugar semejante treta a mi mano, mas al mirar de nuevo hacia la posada tuve un segundo sobresalto. Mi mano había pintado únicamente lo que veían mis ojos, gotas de sangre en el blanco suelo. «Las miré durante unos instantes. Después, cerrando los ojos, dije para mis adentros: «No seas tonta, allí no hay nada en realidad». Los volví a abrir y las manchas de sangre seguían allí. »De pronto me di cuenta de que no podría soportarlo e interrumpí con una pregunta el torrente de palabras del pescador. »—Dígame —le dije—, no tengo muy buena vista. ¿Eso que se ve en el suelo son manchas de sangre? «Me miró con benevolencia. »—No hay manchas de sangre hoy en día, señora. Le estoy contando lo que ocurrió hace casi quinientos años. «—Sí —respondí—, pero ahora, en el suelo... —las palabras se ahogaron en mi garganta. »Sabía... me daba cuenta de que él no vería lo mismo que yo. Me puse de pie y, con las manos temblorosas, empecé a recoger mis cosas, y entonces observé que el joven que había llegado en coche aquella mañana salía de la posada mirando a ambos lados de la calle con perplejidad. En el balcón apareció su esposa para recoger los trajes de baño. Echó a andar hacia el coche, pero cambió de idea y cruzó la calle hacia el pescador. »—Oiga, buen hombre —le dijo—, ¿sabe usted si la señora que llegó en el otro coche ha regresado ya? »—¿Una señora con un vestido floreado? No, señor, no la he visto. Esta mañana se fue hacia la cueva por los acantilados. «—Lo sé, lo sé. Nos bañamos todos juntos y luego nos dejó para volver a casa, y no hemos vuelto a verla desde entonces. No es posible que tarde tanto. Los acantilados no serán peligrosos, ¿verdad? «—Depende de por donde se vaya, señor. Lo mejor es ir con alguien que conozca el lugar. «Era evidente que se refería a sí mismo y se disponía a seguir hablando, mas el joven le interrumpió sin ninguna clase de ceremonias y volvió de nuevo a la posada, gritando a su esposa, que estaba en el balcón: «—Oye, Margery, Carol no ha regresado todavía. Es extraño, ¿no te parece? »No oí la respuesta de Margery, pero su esposo continuó diciendo: »—Bueno, no podemos esperar más. Tenemos que continuar hasta Penrithar. ¿Estás lista? Iré a sacar el coche. »Hizo lo que decía y en seguida se marcharon juntos. Entretanto, yo había esperado ansiosa el momento de probar lo ridículo de mis imaginaciones. Cuando el automóvil se hubo alejado, fui hasta la posada para examinar de cerca el suelo. Desde luego allí no había manchas de sangre. No, todo había sido producto de mi exaltada imaginación. Y eso, en cierto modo todavía resultaba más aterrador. Fue entonces, mientras permanecía en pie como clavada en aquel lugar, cuando oí la voz del pescador, que me miraba con curiosidad. »—Usted creyó ver manchas de sangre aquí, ¿eh, señora? Asentí. »—Es muy curioso, muy curioso. Aquí tenemos una superstición, señora. Si alguien ve esas manchas de sangre... »Hizo una pausa. »—¿Y bien? —le animé. »Continuó hablando con su voz melosa, con una entonación inconfundiblemente cornuallesa, pero suave y educada en el acento, completamente libre de todos los giros y peculiaridades del habla de Cornualles. »—Dicen, señora, que si alguien ve esas manchas de sangre habrá una muerte antes de veinticuatro horas. »—¡Qué terrible! Sentí que un estremecimiento recorría mi espina dorsal. »El continuó en tono persuasivo: »—Hay una lápida muy interesante en la iglesia acerca de una muerte... »—No, gracias —le dije decidida. Y girando sobre mis talones, eché a andar calle arriba hacia la casita donde me hospedaba. »Cuando llegué vi a lo lejos a la mujer llamada Carol, que venía corriendo por el camino del acantilado. En contraste con el color gris de las rocas, parecía una venenosa flor roja. Su sombrero era rojo como la sangre... »Me dominé. La verdad es que estaba obsesionada por la idea de la sangre. »Más tarde oí el ruido de su coche y me pregunté si también ella se dirigía a Penrithar, pero tomó la carretera de la izquierda, en dirección contraria. Observé cómo desaparecía por la colina y respiré un poco más tranquila. Rathole volvía a parecer dormido una vez más. —Si eso es todo —dijo Raymond West cuando Joyce se detuvo para tomar aliento—, daré mi dictamen en seguida. Indigestión. Hace ver manchas ante los ojos después de las comidas. —Eso no es todo —replicó Joyce—. Tienes que oír el final. Dos días más tarde lo leí en el periódico con este titular: «Baño fatal en el mar». El artículo contaba cómo Mrs. Dacre, esposa del capitán Denis Dacre, se ahogó desgraciadamente en la Ensenada de Landeer, a poca distancia de donde yo me hallaba, siguiendo la línea de la costa. Ella y su esposo se encontraban hospedados en el hotel del lugar y expresaron su intención de bañarse, pero comenzó a soplar un viento helado y el capitán Dacre declaró que hacía demasiado frío y por ello se fue en compañía de otros huéspedes del hotel a las pistas de golf cercanas al lugar. No obstante, Mrs. Dacre dijo que ella no tenía frío y se marchó sola a la ensenada. Como no regresaba, su esposo empezó a alarmarse y bajó a la playa acompañado de sus amigos. Encontraron sus ropas junto a una roca, pero ni rastro de la infortunada esposa. Su cadáver no fue hallado hasta casi una semana más tarde, cuando el mar lo arrojó a la playa bastante más lejos del lugar del suceso. Tenía un gran golpe en la cabeza, que debió recibir antes de morir, y la opinión general fue que, al zambullirse en el mar, se había golpeado contra una roca. Por lo que pude averiguar, su muerte debió de ocurrir veinticuatro horas después de que yo viera las manchas de sangre. —Protesto —dijo sir Henry—. Esto no es un problema, sino una historia de fantasmas. Evidentemente miss Lemprire es una médium. Mr Petherick emitió su acostumbrada tosecilla. —Me sorprende una cosa —dijo—: el golpe en la cabeza. Creo que no debemos descartar la posibilidad de que su muerte fuese violenta, pero no veo que tengamos dato alguno en que basarnos. La alucinación o visión de miss Lemprière desde luego es interesante, pero no comprendo qué quiere que digamos. —Indigestión y pura coincidencia —dijo Raymond—. De todas formas no puede estar segura de que fueran las mismas personas. Además, la maldición o lo que fuera solo podría afectar a los habitantes de Rathole. —Yo tengo la impresión —dijo sir Henry— de que el siniestro pescador tiene algo que ver en esta historia, pero estoy de acuerdo con Mr. Petherick en que miss Lemprière nos ha dado pocos datos. Joyce se volvió hacia el doctor Pender, que negó con la cabeza. —Es una historia muy interesante —dijo—, pero estoy de acuerdo con sir Henry y Mr. Petherick en que son muy pocos los datos que nos ha dado. Joyce miró a miss Marple, que le sonrió. —Yo también considero que eres un poco tramposa, Joyce, querida —le dijo—. Claro que para mí es distinto. Quiero decir que nosotras, por ser mujeres, sabemos apreciar la importancia que tienen los vestidos y, por lo tanto, no creo que sea justo presentar un problema así a un hombre. Debió de cambiarse con inusitada rapidez. ¡Qué mujer más perversa! Y él es todavía peor. Joyce la miraba con ojos muy abiertos. —Tía Jane... —le dijo—... quiero decir miss Marple, creo que... me parece que ya sabe usted la verdad. —Sí, querida —dijo miss Marple—. A mí, que estoy sentada tranquilamente, me ha resultado mucho más sencillo que a ti. Y eso que, por ser artista, eres muy sensible a tu entorno, ¿no es cierto? Sentada aquí con mi labor de punto, puedo ver los hechos con claridad. Las gotas de sangre cayeron desde el balcón, del traje de baño, ya que, al ser rojo, los mismos criminales no se dieron cuenta de que estaba manchado de sangre. ¡Pobrecilla, pobrecilla infeliz! —Perdóneme, miss Marpie —intervino sir Henry—, pero usted sabe que sigo todavía en la más completa oscuridad. Usted y miss Lemprièe parecen saber de qué están hablando, pero nosotros los hombres seguimos ignorantes de todo. —Ahora les contaré el final de la historia —dijo la joven—. Ocurrió un año más tarde. Yo me encontraba en un pueblecito de la costa pintando, cuando de pronto experimenté la extraña sensación de presenciar algo que ya había ocurrido antes. Ante mí tenía a dos personas, un hombre y una mujer que saludaban a una tercera, una mujer vestida con un traje estampado con ponsetias rojas. »—¡Carol, esto sí que es maravilloso! ¡Qué casualidad encontrarse después de tantos años. ¿No conoces a mi esposa? Joan, te presento a una antigua amiga mía, miss Harding. »Reconocí al hombre al instante. Era el mismo Denis que había visto en Rathole. La esposa era distinta, es decir, se llamaba Joan en vez de Margerv, pero era el mismo tipo de mujer: joven, bastante sencilla y corriente. Por un momento creí que me había vuelto loca. Empezaron a hablar de irse a bañar. Les diré lo que hice: dirigirme directamente al puesto de policía. Pensé que lo más probable era que me tomasen por loca, pero no me importaba y todo salió bien. Encontré allí a un hombre de Scotland Yard que había acudido precisamente por aquel asunto. Al parecer, ¡oh, es horrible hablar de esto!, la policía sospechaba de Denis Dacre. No era su verdadero nombre, se lo cambiaba según las distintas ocasiones. Acostumbraba a hacer amistad con muchachas sencillas que no tuvieran muchos parientes ni amigos y, después de casarse con ellas, aseguraba sus vidas por grandes sumas y luego... ¡oh, es horrible! La mujer llamada Carol era su verdadera esposa y juntos llevaban a cabo siempre el mismo plan. Así es como llegaron a atraparlo. Las compañías de seguros empezaron a sospechar. Acudía a algún lugar de veraneo con su nueva esposa, allí se encontraba con la otra mujer y se iban a bañar juntos. Entonces asesinaban a la esposa, y Carol, poniéndose sus ropas, regresaba en el bote con él. Más tarde abandonaban el lugar, después de preguntar por la supuesta Carol y, al llegar a las afueras del pueblo, Carol regresaba con sus ropas llamativas y su extremado maquillaje para marcharse de allí en su propio coche. Averiguaban en qué direccion iba la corriente y la supuesta muerte ocurría en el próximo pueblo que quedase en esa misma dirección. Carol hacía el papel de esposa y se iba sola a alguna playa solitaria para dejar las ropas de ésta junto a una roca y ella se marchaba con su traje llamativo a esperar tranquilamente que su esposo fuera a reunirse con ella. »Supongo que, cuando asesinaron a la pobre Margery, parte de la sangre debió empapar el traje de baño de Carol y, al ser de color rojo, no lo notaron, tal como dice miss Marpie. Mas al tenderlo en el balcón cayeron algunas gotas al suelo. ¡Uf! —se estremeció—. Todavía puedo verlas. —Claro —exclamó sir Henry—. Ahora lo recuerdo muy bien. Su nombre verdadero era Davis. Había olvidado que uno de sus muchos alias fue Dacre. Era una pareja extraordinaria. Siempre me sorprendió que nadie descubriera su cambio de personalidad. Supongo, tal como dice miss Marple, que sería porque los trajes se identifican más fácilmente que los rostros. Pero fue un plan muy inteligente ya que, aunque sospechábamos de Davis, no fue fácil detenerlo, pues siempre parecía tener una coartada impecable. —Tía Jane —dijo Raymond—, ¿cómo lo haces? Has llevado una vida apacible y nada parece sorprenderte. —No hay nada nuevo en este mundo —replicó miss Marpie—. Ahí tienes a Mrs. Green, ya sabes, la que enterró a cinco niños... todos con la vida asegurada. Y bueno, naturalmente, una no puede dejar de sospechar... Meneó la cabeza. —Hay mucha perversidad en la vida de un pueblecito y espero que vosotros los jóvenes no lleguéis a saber nunca lo malvado que es el mundo.
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#1533 |
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Buenos días a todo@s y feliz semana ![]() Malee he leido hasta la mitad del relato, veré modo de terminarlo!!
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#1534 |
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Buenos dia a toda@s !!! Hoy es un día genial para pasear por la orilla del mar, cerremos los ojos y vamos todas, sentiremos el ruido de las olas al romper y la brisa marina en nuestro rostro !!! ![]()
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#1535 |
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Buenas tardes a todos.
Marisaaaaaaaa y el desayunoooooooooo????????????? Les cuento que por estos lares estamos en otoño, pero que el invierno se nos anticipó.Tenemos las temperaturas muy bajas 4 0 5º en plena tarde y para la madrugada anuncian-5º.Hace un rato cayó por primera vez en mi ciudad aguanieve , para nosotros un espectáculo hermoso, ya que es una novedad. Mientras ustedes por allí tienen hermosos días de calor y pueden disfrutar de la playa; nosotros padecemos el frío invernal.
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#1536 |
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
AMIG@S ..... BUENOS DÍAS !!!!! ![]()
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#1537 |
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
¿Es que no estás contenta nunca
Ah!!! ya vi el video del aguanieve, mira que es un bello espectáculo Bueno Ofe aqui tienes el desayuno ![]()
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#1538 |
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Amigas ...
Aqui os dejo esta historia: El lago - Ray Bradbury Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo. Subí corriendo por la playa. Mamá me frotó con una esponjosa toalla. -Quédate aquí y sécate -dijo. Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina. -Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter. -Espera que vea mi carne de gallina -dije. -Harold -dijo mamá. Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas. Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa. Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua. Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona. Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento. Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme. -Mamá, quiero correr por la playa. -De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua. Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas. Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos. De manera que yo estaba realmente solo. Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes. Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces: -¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally! Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió... -El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar. Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo. Grité su nombre una y otra vez. -¡Tally! ¡Oh, Tally! El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones. -¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve! Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela. -¡Tally! Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura. Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté. -Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta. Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original. No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone. Subí silenciosamente por la playa. Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento. Salí en el tren al día siguiente. Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte. Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos. Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este. Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección. El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años. Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje. ¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas. Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba. Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba. Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé. Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento. La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos. Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada. -Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía. -Pero ¿por qué? -Quédate aquí, eso es todo... Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró. -¿Qué es eso? -le pregunté. El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió. -¿Qué es? -insistí. -Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente. Esperé. -Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo. Repetí sus palabras. -¿Mucho tiempo? -Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable. -Abra el saco -dije, sin saber por qué. El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente. -Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir. -¡Vamos, ábralo! -grité. -Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña... Abrió el saco lo justo. La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré. Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró. -¿Dónde la encontró? -pregunté. -Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad? Sacudí la cabeza. -Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es. Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre. El salvavidas ató el saco de nuevo. Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba. -Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo. Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio. Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban nunca. Entonces... me di cuenta. -Te ayudaré a acabarlo -dije. Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan. Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba, sonriendo...
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#1539 |
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Hola a tod@s
Aqui os dejo unas fotos de mis plantis Mi Filodendro y mi Peperomia sin apellido: Mis begos de bulbo las más avanzadas: La que me sacó flores antes que las hojas y que ya tiene una florecita roja anaranjada Con flash: Y las otras begos que empiezan a sacar hojitas Mi begonia Ricinifolia que me está sacando nuevas hojitas: Y esta Fitonia que la compré el verano pasado y como pensé que se había muerto pues planté un Don Pedro y hoy me he dado cuenta que me está brotando Y mi mix de sucus:
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#1540 |
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reproduccion de plantas
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
hola male,soy pachi de bs as,zona rural,mando un saludito,teneme en cuenta ,me encantan las plantas,consejos,abrazos pachi
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#1541 |
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
PACHI ....... ![]() Pachi nos encantará que nos cuentes lo que quieras
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#1542 |
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Aqui os dejo esta historia
La mañana verde - Ray Bradbury Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.Se llamaba Benjamín Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir. Benjamín Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante. En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, Benjamín Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana. -Necesitas aire -le dijo al fuego nocturno. El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios. -Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto... Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface. Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había que desarrollar los pulmones o plantar más árboles. -Para eso estoy aquí -se dijo. El fuego le respondió con un chasquido-. En las escuelas nos contaban la historia de Juanito Semillasdemanzana, que anduvo por Estados Unidos plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán! Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo: -¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí? Luego se había desmayado. Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco. -Se sentirá bien en seguida -dijo el médico. -¿Qué me ha pasado? -El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra. -¡No! Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío. -Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme! Lo dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -pensaba-. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos, y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie porque los helechos, las flores, los arbustos y los árboles viejos habían muerto de cansancio. -¡Permítanme levantarme! -gritó-. ¡Quiero ver al coordinador! Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas. -Entretanto, ésta será su tarea -dijo el coordinador-. Le entregaremos todas nuestras semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías. -¿Pero me dejarán trabajar? Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle solitario, y echó pie a tierra. Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias. Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iban empapando, y pensó en la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos. El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua. «Esta noche -pensó. Y extendió la mano para sentir la lluvia-. Esta noche.» Lo despertó un golpe muy leve en la frente. El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla. La lluvia. Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elíxir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro jerez liviano. Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte, y se precipitó a tierra. Diez mil millones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua. Calado hasta los huesos, Benjamín Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana. Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca. El señor Benjamín Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios. El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll. No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás. Era una mañana verde. Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes. -¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll. Pero el valle y la mañana eran verdes. ¿Y el aire? De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se lo podía ver, brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile. Benjamín Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó. Antes que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
![]() Buenos días a tod@s!!! Ya es hora de ir pensando en las vacaciones que bien !!!!
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MARISA
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
AMIG@S ..... BUENOS DÍAS !!!!!!! Mirad que bonito CENTRO COMERCIAL SIAM PARAGON, BANGKOK ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
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Re: CLUB INTERNACIONAL DE AMIGOS !!!!!
Buenos dias a tod@s ![]() dejo esta fuente para las que teneis calor !!
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